top of page

CONTRA LOS FALSOS DESPERTARES

  • yanantin2
  • 11 may 2025
  • 15 min de lectura

Por Slavoj Žižek*





Lo realmente triste es que encontramos en el movimiento woke numerosas huellas de cómo se ocultan los antagonismos inmanentes de la vida social: y esto, como era de esperar, es lo que genera la necesidad de un enemigo. Pensemos en las discusiones actuales en torno al uso del pronombre «ellos»,* que supone mucho más que cambios en el uso cotidiano del lenguaje: implica una nueva visión de la universalidad de los seres humanos. En febrero de 2023, la Universidad de Kent ofreció a sus estudiantes y personal unas directrices sobre los pronombres: todos deben llamarse «ellos» hasta que se conozcan sus pronombres. La institución afirma que se trata de directrices, no de políticas, y que están ahí como un recurso útil y una herramienta de apoyo que les ayudará a crear «una auténtica cultura de la inclusión» en la institución. El primer contraargumento adecuado a este razonamiento, ofrecido por un comentarista en un foro en línea, es el siguiente:


No hay nada de malo en incluir el pronombre «ellos» como opción. Sin embargo, hay algo sin duda erróneo en hacer que sea la ÚNICA opción [principal]. Incluir simplemente «ellos» como opción estaría bien, pero EXCLUIR los pronombres tradicionales [como opción principal] no lo está. La mayoría de las personas trans prefieren los pronombres propios de su género, por lo que imponer el neutro a todo el mundo, aunque está bien para las personas no binarias, no es inclusivo para la mayoría de las personas trans o cisgénero. La mayoría de las mujeres trans utilizarán el pronombre femenino (ella) y la mayoría de los hombres trans utilizarán el pronombre masculino (él).


Se consigue así una «auténtica cultura de la inclusión» que convierte en secundarios, subordinados, los pronombres utilizados por una gran mayoría de personas. Las implicaciones del cambio propuesto son mucho más radicales de lo que parece: «ellos» como género neutro no es ahora solo una opción, sino un terreno neutral universal para todos los seres humanos, por lo que ya no se trata solo de pluralizar posiciones, sino de imponer una nueva universalidad; todos somos «ellos», y algunos pueden elegir además

«él» o «ella». ¿Por qué no aceptar esta solución? Lo que se pierde es la diferencia sexual en sí misma, no como un orden binario, sino como un antagonismo que atraviesa la humanidad. No hay «humanos» como tales, esta universalidad está constitutivamente atravesada por un antagonismo, un fracaso, y con «ellos» como punto de partida, obtenemos de nuevo un universalismo plano... y, como era de esperar, este universalismo plano también necesita un enemigo: a los que no están de acuerdo con él también se les proclama rápidamente prohomófobos, reaccionarios, o lo que sea.


Las consecuencias de una postura tan reduccionista son cada vez más palpables. Tomemos este ejemplo reciente de Escocia. En diciembre de 2022, el gobierno de Sturgeon saludó como «día histórico para la igualdad» la sesión en que los diputados aprobaron nuevos planes para facilitar y conseguir que fuera menos intrusivo el cambio legal de género, ampliando el nuevo sistema de autoidentificación a los jóvenes de dieciséis y diecisiete años. Un problema (esperado) surgió cuando una mujer transgénero, Isla Bryson, fue enviada a una prisión de mujeres en Stirling tras ser condenada por violaciones que había cometido antes de su transición. Bryson se declaró transgénero solo después de comparecer ante el tribunal acusada de violación. El problema está claro: si la masculinidad y la feminidad no tienen nada que ver con el cuerpo y sí con la definición de uno mismo, entonces hay que encarcelar a una mujer trans condenada por violación con mujeres cis. Tras una oleada de protestas, Bryson fue encarcelada en una prisión masculina, pero, de nuevo, nos enfrentamos a una cuestión problemática, pues tenemos a una mujer en una prisión masculina.


La cuestión es que no existe una solución fácil, porque la identidad sexual no es en sí misma una forma sencilla de identidad, sino una noción compleja llena de incoherencias, tensiones y rasgos inconscientes, y no se trata tan solo de circunstancias de la vida psíquica interior, sino que estas están imbricadas en antagonismos que atraviesan todo el cuerpo social. En nuestro espacio ideológico oficial, el wokeísmo y el fundamentalismo religioso conservador aparecen como opuestos incompatibles, pero ¿lo son realmente? Hace casi una década, una exmusulmana kurda, Maryam Namazie, fue invitada por el Goldsmiths College de Londres a dar una charla sobre el tema «Apostasía, blasfemia y libertad de expresión en la era del ISIS»; su charla –que se centraba en la opresión de las mujeres fue interrumpida en repetidas ocasiones por estudiantes musulmanes, así como, irónicamente, por la Sociedad Feminista de la universidad, que se alineó formalmente con la ISOC, la Sociedad Islámica de Goldsmiths.


En la actualidad, la guerra de Ucrania ofrece otro ejemplo impresionante de una alianza igualmente sorprendente: cuando Sahra Wagenknecht, la representante más popular de Die Linke, el partido de izquierdas alemán, organizó y habló en una manifestación por la paz en Dresde en febrero de 2023, pidiendo el fin del envío de armas a Ucrania, Björn Höcke (uno de los principales miembros de la ultraderechista Alternativa para Alemania presentes en el encuentro) le gritó: «Ich bitte Sie, kommen Sie zu uns!» («¡Por favor, venga con nosotros!»), invitándola a cambiar de partido, y el público le aplaudió. La extrema derecha invita a la extrema izquierda a unir fuerzas en nombre de la soberanía nacional alemana...


En el caso de Namazie, la inesperada solidaridad entre las sociedades feminista e islámica es un recordatorio contundente de lo parecidos que son, en su forma, ambos discursos: el wokeísmo funciona de facto como un dogma religioso secularizado, con todas las contradicciones que esto implica. John McWhorter ha enumerado algunas de ellas: «Siempre has de esforzarte por comprender las experiencias de los negros», pero «Nunca podrás comprender lo que es ser negro, y si crees que lo haces, eres un racista»; «Muestra interés por el multiculturalismo», pero «No cometas ninguna apropiación cultural. Lo que no pertenece a tu cultura no es para ti, y no puedes hacerlo ni intentarlo». Esto puede parecer una exageración, pero el informe de Vincent Lloyd sobre su encuentro con lo peor del movimiento woke demuestra que no lo es. El ensayo de Lloyd debería ser de lectura obligatoria para todo aquel que dude del potencial represivo del wokeísmo, y merece la pena citarlo in extenso. Sus credenciales son impecables: profesor negro y director del Centro de Teología Política de la Universidad Villanova, dirige el programa de Estudios Afroamericanos de su universidad, es tutor de talleres contra el racismo y a favor de la justicia transformadora, y publica libros sobre el racismo contra los negros y la abolición de las prisiones (como su clásico Black Dignity: The Struggle against Domination).


En el verano de 2022, la Asociación Telluride pidió a Lloyd que dirigiera un seminario de seis semanas sobre «La raza y los límites del derecho en Estados Unidos», al que debían asistir doce jóvenes de diecisiete años cuidadosamente seleccionados. Cuatro semanas después, el número de asistentes se redujo en dos (la semana anterior, los estudiantes habían expulsado mediante votación a dos compañeros), y después lo expulsaron a él del seminario por un voto. En su última clase cada estudiante leyó una declaración escrita en la que se afirmaba que el seminario perpetuaba la violencia contra los negros en su contenido y forma, que se había perjudicado a los estudiantes negros, que yo era culpable de innumerables microagresiones, incluso a través de mi lenguaje corporal, y que los estudiantes no se sentían seguros porque yo no corregía inmediatamente las opiniones que no trataban la antinegritud como la causa de todos los males del mundo.


Lloyd sitúa el origen de la tendencia que culminó en este acontecimiento en «aquel momento de la década de 1970 en que las organizaciones de izquierda implosionaron, y la necesidad de competir en activismo con los propios camaradas condujo a una cultura tóxica llena de dogmatismo y desilusión». Sus críticos se apoyaron en una serie de dogmas, entre ellos: «No existe una jerarquía de opresiones, salvo la opresión contra los negros, que constituye una clase aparte. Confía en las mujeres negras. La cárcel nunca es la solución. Todos los no negros, y muchos negros, son culpables de antinegritud».


Pero más crucial que el contenido era el conflicto de formas entre el seminario y el taller. Lloyd intentó que los encuentros funcionaran como seminario, un intercambio de opiniones: una intervención se basa en otra, ya que un estudiante se da cuenta de lo que otro ha pasado por alto, y el profesor guía la discusión hacia las cuestiones más importantes. Los seminarios suelen centrarse en un texto clásico o público, y los participantes intentan descubrir pacientemente su significado. Sin embargo, como señala Lloyd, «si el seminario es slow food, el taller antirracista organizado por los estudiantes universitarios es un subidón de azúcar. Todos los hashtags están ahí, condensados, empaquetados y presentados desde un lugar de autoridad. El peor tipo de taller antirracista simplemente ofrece un nuevo lenguaje para que los participantes se hagan eco, para retuitear en voz alta». El dogma queda claramente establecido, y el intercambio se centra en cómo y cuándo alguien lo ha violado a sabiendas o sin saberlo. Como señaló Alenka Zupančič, el universo de los talleres políticamente correctos es el universo del Jasager (El que dice sí) de Brecht: todo el mundo dice sí una y otra vez, y el principal argumento contra quienes no son aceptados como luchadores sinceros es el «daño»:





Este lenguaje, y el marco que expresa, proceden del movimiento abolicionista de las prisiones. En lugar de vincular delitos y castigos, los abolicionistas nos animan a pensar en los daños y en cómo repararlos, a menudo invitando a una amplia comunidad a discernir el impacto de los daños, las razones por las que se han producido y los caminos a seguir. En el lenguaje del taller antirracista, te causa daño cualquier cosa que no te hace sentir bien.


Este es el ejemplo de Lloyd de cómo funciona la referencia al «daño»:


Durante nuestro debate sobre el encarcelamiento, un estudiante asiático-americano citó los datos demográficos de los reclusos federales: alrededor del 60 % de los encarcelados son blancos. Los estudiantes negros dijeron que se sentían perjudicados. Habían descubierto, en uno de sus talleres, que los hechos objetivos son una herramienta de la supremacía blanca. Fuera del seminario, me dijeron, los estudiantes negros tuvieron que dedicar mucho tiempo a reparar el daño que les había infligido escuchar estadísticas penitenciarias que no se referían a los negros. Pocos días después, el estudiante asiático-americano fue expulsado del programa.


Dos cosas deberían sorprendernos de esta historia. En primer lugar, que esta nueva secta combina el dogma objetivado con la plena confianza en cómo se siente uno (aunque solo los estudiantes negros oprimidos tenían derecho a referirse a sus sentimientos como medida de la culpabilidad del racista). No hay lugar para la confrontación crítica de argumentos, ya que se da a entender que el «debate abierto» es una idea racista de la supremacía blanca. «Los hechos objetivos son una herramienta de la supremacía blanca»; sí, de lo que se deduce, como solían decir los trumpistas, que tenemos que generar «hechos alternativos»... Para ser claros: hay una pizca de verdad en esta postura. Quienes están brutalmente oprimidos no suelen tener tiempo para entregarse a la reflexión profunda y al debate bien elaborado que pondrían de manifiesto la falsedad y las carencias de la ideología liberal-humanista. Pero en este caso (como en la mayoría de los demás), quienes se han apropiado del papel de los líderes de la revuelta no son precisamente las víctimas de la opresión racista, sino una minoría relativamente privilegiada de una minoría, que participa en un taller de primer nivel ofrecido por una universidad de élite.


En segundo lugar, siempre encontramos un misterio en el funcionamiento del gran Otro (la autoridad administrativa de Telluride, en este caso). El punto de vista impuesto gradualmente a todos los participantes era el de una minoría (al principio, incluso una minoría entre los participantes negros). Pero ¿cómo y por qué estos pocos consiguieron obligar no solo a sus compañeros de clase, sino también a las autoridades de Telluride, a ponerse de su parte y negarse a defender a Lloyd? ¿Por qué no asumieron una postura más matizada? En términos más generales, ¿por qué el movimiento woke, a pesar de ser un punto de vista minoritario, consigue neutralizar el espacio liberal e izquierdista más amplio, instalando en él el miedo a la oposición crítica? El psicoanálisis tiene una respuesta clara a esta paradoja: el concepto de superego. El superego es un instrumento cruel e insaciable que me bombardea con demandas imposibles y que se burla de mis intentos fallidos de satisfacerlas. Es una instancia ante la que soy tanto más culpable cuanto más intento reprimir mis afanes «pecaminosos» y satisfacer sus exigencias. El viejo y cínico lema estalinista sobre los acusados que profesaban su inocencia en los juicios amañados («cuanto más inocentes son, más merecen ser fusilados») es el superego en estado puro. ¿Y no reprodujo McWhorter en el pasaje citado la estructura exacta de la paradoja del superego? «Siempre has de esforzarte por comprender las experiencias de los negros / Nunca podrás comprender lo que es ser negro, y si crees que lo haces, eres un racista». En resumen, debes, pero no puedes porque no deberías: el mayor pecado es hacer aquello que deberías esforzarte en hacer... Esta enrevesada estructura de un mandato que se cumple cuando no lo cumplimos explica la paradoja del superego señalada por Freud: cuanto más obedecemos al superego, más culpables nos sentimos.


Una serie de situaciones que caracterizan a la sociedad actual ejemplifican a la perfección este tipo de presión del superego, este interminable autoexamen: ¿fue la forma en que miré a la azafata demasiado intrusiva y sexualmente ofensiva? ¿He utilizado alguna palabra con un posible matiz sexista? Y así sucesivamente. El placer, incluso la emoción, que proporciona este autoexamen es evidente. ¿Y no ocurre lo mismo incluso con el miedo patológico de algunos izquierdistas liberales occidentales a ser culpables de islamofobia? Cualquier crítica al islam es denunciada como expresión de islamofobia occidental, Salman Rushdie es denunciado por provocar innecesariamente a los musulmanes y por tanto (parcialmente, al menos) responsable de la fatwa que lo condenó a muerte, etcétera. El resultado es el que cabe esperar en estos casos: cuanto más practican el examen de conciencia los izquierdistas liberales occidentales, más son acusados por los fundamentalistas musulmanes de ser unos hipócritas que intentan ocultar su odio al islam. Esta constelación de nuevo reproduce a la perfección la paradoja del superego: cuanto más obedeces lo que te exige el Otro, más culpable eres. Es como si cuanto más toleres el islam, más fuerte será su presión sobre ti...


Esta estructura del superego explica cómo y por qué, en el caso Telluride, tanto la mayoría como el gran Otro institucional fueron aterrorizados por la minoría woke. Todos ellos se vieron expuestos a una presión del superego que dista mucho de ser una auténtica invitación a la justicia. En un escenario así, los estudiantes son plenamente conscientes de que no conseguirán su objetivo declarado de disminuir (como mínimo) la opresión de los negros, y es probable que a cierto nivel ni siquiera lo deseen; lo que realmente quieren es lo que están consiguiendo: una posición de autoridad moral desde la que imponerse a los demás sin cambiar efectivamente las relaciones sociales de dominación. La situación de los demás es más compleja, pero sigue estando clara: se someten a las exigencias discursivas del movimiento woke porque casi todos ellos son realmente culpables de participar en la dominación social, pero abonarse a ciertas formas de hablar y pensar les ofrece una salida fácil: asumes gustosamente tu culpa en la medida en que esto te permite seguir viviendo como antes. Es la vieja lógica protestante de «haz lo que quieras, pero siéntete culpable por ello».


La lección que se desprende de estos cuatro ejemplos es, por tanto, clara: el movimiento woke representa exactamente lo contrario de su significado literal en inglés, que es «despierto, consciente». En La interpretación de los sueños, Freud relata el sueño de un padre que se queda dormido mientras vela el ataúd de su hijo; en su sueño, se le aparece su hijo muerto, pronunciando la terrible súplica «Padre, ¿no ves que me estoy quemando?». Cuando el padre despierta, descubre que la tela del ataúd de su hijo se quema porque una de las velas encendidas se ha caído. ¿Por qué se despierta el padre? ¿Fue porque el olor del humo era demasiado fuerte y ya no era posible prolongar el sueño incluyéndolo en el sueño? Lacan propone una lectura mucho más interesante:


Si la función del sueño es permitir que se siga durmiendo, si el sueño, después de todo, puede acercarse tanto a la realidad que lo provoca, ¿no podemos acaso decir que se podría responder a esta realidad sin dejar de dormir? –al fin y al cabo, existen actividades sonámbulas–. La pregunta que cabe hacer, y que por lo demás todas las indicaciones anteriores de Freud nos permiten formular aquí, es: –¿Qué despierta? ¿No es, acaso, en el sueño otra realidad? Esa realidad que Freud nos describe así: Das Kind an seinem Bette steht, que el niño está al lado de su cama, ihn am Arme fasst, lo toma por un brazo, y le murmura con tono de reproche, und ihm vorwurfsvoll zuraunt: Vater, siehst du denn nicht, Padre, ¿acaso no ves, das Ich verbrenne, que ardo? Este mensaje tiene, de veras, más realidad que el ruido con el cual el padre identifica asimismo la extraña realidad de lo que está pasando en la habitación de al lado, ¿acaso no pasa por estas palabras la realidad fallida que causó la muerte del niño?


Así que no fue la intrusión de la señal de la realidad externa lo que despertó al desafortunado padre, sino el carácter insoportablemente traumático de lo que encontró en el sueño. En la medida en que «soñar» significa fantasear para evitar enfrentarse a lo Real, el padre se despertó literalmente para poder seguir soñando. El escenario era el siguiente: cuando su sueño se vio perturbado por el humo, el padre construyó rápidamente un sueño que incorporaba el elemento perturbador (humo, fuego) para poder seguir durmiendo; sin embargo, lo que encontró en el sueño fue un trauma (su responsabilidad por la muerte del hijo) mucho más fuerte que la realidad, así que despertó a la realidad para evitar lo Real... Y ocurre exactamente lo mismo con gran parte del actual movimiento woke: nos despiertan (a los horrores del racismo y el sexismo) precisamente para permitirnos seguir durmiendo, es decir, ignorando las verdaderas raíces y la profundidad del trauma racial y sexual.


La paradoja, en este caso, es que este sueño no es una retirada pasiva de la realidad: funciona como una actividad frenética. ¿Cómo entenderlo? En el mercado actual, encontramos toda una serie de productos desprovistos de su propiedad maligna: café sin cafeína, nata sin grasa, cerveza sin alcohol. Y la lista continúa: el sexo virtual como sexo sin sexo, el arte de la administración experta como política sin política, hasta el actual multiculturalismo liberal tolerante como experiencia del otro privada de su inquietante Otredad. Deberíamos añadir a esta lista otra figura clave de nuestro espacio cultural: un manifestante descafeinado, un manifestante «despierto» (woke) durmiente que dice todas las cosas correctas, pero que de alguna manera las priva de su sesgo crítico. Está horrorizado por el calentamiento global y por la guerra en Ucrania, lucha contra el sexismo y el racismo, exige un cambio social radical, y todo el mundo está invitado a unirse, a participar en el gran sentimiento de solidaridad global, lo que significa: no se te exige que cambies tu vida (quizá basta que dones a una organización benéfica aquí y allá), puedes seguir con tu carrera, eres despiadadamente competitivo, pero estás en el lado correcto...Parafraseando el título del libro de Ben Burgis, los agentes de la cultura de la cancelación son «comediantes mientras el mundo arde»: lejos de ser «demasiado radicales», su imposición de nuevas reglas es un caso ejemplar

de pseudoactividad, de cómo asegurarse de que nada cambie realmente fingiendo actuar de manera frenética.


Para resistir las tentaciones de la cultura woke, todo auténtico izquierdista debería colgar en la pared, encima de su cama o su mesa, el párrafo inicial de El alma del hombre bajo el socialismo, de Oscar Wilde, en el que señala que «es mucho más fácil simpatizar con el sufrimiento que simpatizar con el pensamiento»: La gente se encuentra rodeada de una pobreza espantosa, de una fealdad espantosa, de un hambre espantosa. Es inevitable que se sientan fuertemente conmovidos por todo esto. Las emociones del ser humano son mucho más fáciles de estimular que la inteligencia, y, como ya indiqué hace tiempo en un artículo sobre la función de la crítica, es más cómodo simpatizar con el sufrimiento que con el pensamiento. En consecuencia, y con intenciones admirables, aunque mal dirigidas, de manera muy seria y sentimental la gente se lanza a la tarea de remediar los males que ve. Pero sus remedios no curan la enfermedad, sino que la prolongan. De hecho, sus remedios son parte de la enfermedad [...] Lo que se debe hacer es tratar de reconstruir la sociedad sobre una base tal que la pobreza sea imposible. Y las virtudes altruistas han impedido realmente la realización de este objetivo. Es inmoral utilizar la propiedad privada para aliviar los horribles males que resultan de la institución de la propiedad privada.


La última frase ofrece una fórmula concisa de lo que está mal en el enfoque panhumanitario, tal como lo personifica la Fundación Bill y Melinda Gates. No basta con señalar que la organización benéfica de los Gates se basa en prácticas empresariales brutales: hay que ir un paso más allá y denunciar sus fundamentos ideológicos. El título de la colección de ensayos de Sama Naami, Negar el respeto: Por qué no debemos respetar las culturas extranjeras. Incluidas las nuestras,116 da en el clavo: esta es la única

postura auténtica. La organizción benéfica de los Gates implica la siguiente variante de la fórmula de Naami: respeta todas las culturas, la tuya y las ajenas. La versión nacionalista de derechas es: respeta tu propia cultura y desprecia las demás, que son inferiores a ella. La fórmula políticamente correcta es: respeta otras culturas, pero desprecia la tuya, que es racista y colonialista (por eso la cultura woke políticamente correcta es siempre antieurocéntrica). La postura correcta de la izquierda es: saca a la luz los antagonismos ocultos de tu propia cultura, vincúlalos con los antagonismos de otras culturas, y luego emprende una lucha común entre los que aquí luchan contra la opresión y la dominación que actúan en nuestra propia cultura y los que hacen lo mismo en otras culturas de todo el mundo. Las palabras de Lilla Watson, una activista aborigen australiana del pueblo murri, dirigidas a un liberal blanco rico y compasivo, lo dicen todo: «Si has venido aquí para ayudarme, no pierdas el tiempo. Pero si has venido porque tu liberación está ligada a la mía, entonces ven, unámonos en la lucha».


Lo que esto significa es algo que puede sonar chocante, pero vale la pena insistir en ello: no hay que respetar ni querer a los inmigrantes; lo que hay que hacer es cambiar la situación para que, en primer lugar, no tengan que ser inmigrantes. El ciudadano de un país desarrollado que quiere reducir los niveles de inmigración, y está dispuesto a hacer algo para que los inmigrantes no tengan que ir a un país que en su mayor parte ni siquiera les gusta, es mucho mejor que un humanitario que predica la apertura a los inmigrantes mientras participa silenciosamente en las prácticas económicas y políticas que han llevado a la ruina a los países de los que proceden los inmigrantes. El problema de las actuales guerras culturales es que ambos bandos ignoran esta necesidad de cambiar la situación básica, por lo que no debería sorprendernos que la reticencia de la nueva derecha estadounidense y europea (así como de parte de la izquierda) a apoyar a Ucrania se haga claramente eco de la postura rusa: están en el mismo bando en las guerras culturales globales.


*Texto tomado del libro del mismo autor "Demasiado tarde para despertar".

 
 
 

Comentarios


Kaypi killkaripay (suscribete aquí)

Yupaychani killkarishkamanta

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page