top of page

El futuro del movimiento indígena y la izquierda

  • yanantin2
  • 27 jul 2025
  • 11 min de lectura


Inti Cartuche Vacacela


1


Los últimos resultados electorales en Ecuador han planteado una pregunta urgente sobre los caminos que el movimiento indígena y la izquierda pueden tomar hacia el futuro inmediato y de largo plazo. No se trata solo de una derrota electoral del progresismo y el movimiento indígena. De hecho la Revolución Ciudadanía obtuvo una votación nada despreciable (44,37%), que en principio da cuenta de un nivel de apoyo de varios sectores populares, concentrada sobre todo en la costa del país que se sostiene. Sin embargo, es al mismo tiempo la tercera derrota consecutiva a manos de las derechas. Lo que podría mostrar un límite a la expansión de las fuerzas progresistas y populares con posibilidad real de hacer frente a las oligarquías a nivel electoral.


En el caso del movimiento indígena, Pachakutik obtuvo un tercer lugar (5.25%), muy lejos de los dos finalistas. Al mismo tiempo, esa votación estuvo muy por debajo del mejor resultado obtenido en las últimas décadas, la de la primera vuelta de 2021 (19,39%). Paradójicamente la mejor posición política obtenida en esa coyuntura se desperdició en disputas internas, acuerdos opacos con el gobierno, que a la larga ha ido en desmedro de un movimiento.


Visto desde el mediano plazo, el campo popular y progresista –donde podríamos incluir al movimiento indígena y a la RC, más allá de las disputas y diferencias políticas y estratégicas– sufre un reflujo. No ha logrado recuperarse desde 2017. Se podría decir que a pesar de las grandes movilizaciones de octubre de 2019 y en menor medida de junio de 2022, tanto el movimiento indígena como la RC, no lograron romper el bloque hegemónico que la derecha construyó alrededor de sus gobiernos. Viendo desde el presente, la potencia de esos levantamientos populares no se expresó en la disputa del poder político, que salieron de todas formas ilesas. Quizá la votación de 2021 de Pachakutik fue la que estuvo más cerca de dejar en el camino a la derecha en el plano electoral.


El correlato del reflujo de la izquierda ha sido el avance continuo del bloque de derechas –medios de comunicación alineados, sectores empresariales ligados a los presidentes, narcotráfico, y sectores populares cada vez más amplios–. En nuestro país, el regreso del neoliberalismo se ha ido fortaleciendo votación tras votación, con la profundización de lo que se podría llamar una crisis generalizada de sentido de sociedad: recorte del Estado social, crisis económica recurrente, disociación del tejido social y vacío de horizonte de país.


Todo esto en el contexto de dos factores que han golpeado tremendamente a la sociedad. Primero, los efectos económicos y sociales de los dos años de encierro por la pandemia que precarizó la vida de amplios sectores populares y medios del país, y que cambió también las formas de relación intersubjetiva de las personas, con cambios culturales no despreciables. La izquierda no logró esparcir un discurso consistente sobre la pandemia y el papel de la política en su gestión.


Segundo, el aparecimiento en la superficie social de los efectos de un problema profundo y ampliado ligado al narcotráfico, sobre todo en la costa. La violencia generada por ese fenómeno se ha diseminado por varias capas sociales, pero son efectivamente las clases populares las que la sufren con más contundencia. Y al mismo tiempo, las redes económicas ligadas al comercio nacional e internacional de drogas de todo tipo, han tocado ya las instituciones estatales, a gobiernos, políticos y empresarios. Incluso en el último año, se empieza a mirar los lazos entre el comercio ilícito de drogas y la explotación minera en algunas zonas del país. En general, asistimos a un cada vez más poderoso sector económico que se caracteriza, no por su condición subterránea, sino por sus cada vez más visibles lazos con gobiernos, empresarios, políticos de varios colores, sectores de las fuerzas armadas, y por su diseminación social y cultural a lo largo y ancho del país, sobretodo en sectores populares.


2


Desde hace ya más de una década, las derechas dejaron de ser partidos encerrados en los clubes empresariales y se han volcado a las calles, y poco a poco se van convirtiendo en un movimiento de la sociedad. Un factor importante en la ola derechista es que han logrado conformar un bloque, donde tienen sectores sociales medios y populares que pueden movilizarse en las redes sociales, o incluso en las calles. El avance de la derecha en el campo electoral se relaciona con su avance político e ideológico en buena parte de la sociedad ecuatoriana. Pero hay que señalar que este avance del bloque de derecha no tuviera mayor posibilidad si no existieran algunas condiciones materiales y subjetivas en la sociedad.


La crisis social provocada por la pandemia, más el continuo ataque a los derechos sociales han puesto a los sectores populares al filo de la desesperación. Las salidas a esas crisis las ha mostrado, por un lado el narcotráfico a nivel económico, mientras que ha nivel político las derechas habilmente han logrado movilizar un discurso anti estatal, anti correísta, anti izquierda (la propaganda contra Venezuela y Cuba) como horizontes no deseados. En su lugar, ha enarbolado un complejo discurso distribuido de acuerdo a cada clase social. Para los sectores populares, ofrecerle soluciones punitivas al grave problema de la violencia generalizada por el narcotráfico ha sido la mejor forma de dotarle de un sentido pragmático a su programa de gobierno. En cambio, las izquierdas no han logrado darle una explicación o solución sencilla –por que en realidad no la hay–.


En principio, algunas razones que pueden ser planteadas como explicaciones del voto a la derecha de sectores populares, incluidas las del movimiento indígena pueden ser las siguientes. La primera, en efecto, es que el discurso anticorreísta, activado con más fuerza por el bloque de derecha en la coyuntura electoral –aunque sostenido por ella ya por varios años, ciertamente es una táctica política continua y efectiva–, se ha enraizado en ciertos sectores del movimiento indígena que sufrieron ataques en la época progresista, y que ni el movimiento indígena ni la RC han logrado procesarlo o superar a la luz del cambio de coyuntura política y actuar en consonancia. Aquí hay un pendiente a solucionar.


Pero hay que considerar que la oposición de esos sectores al correismo, no se sostiene solamente en las acciones de gobiernos pasados, sino que se asienta en una cierta subjetividad proclive al discurso derechista. La población indígena, en similar medida a grandes sectores populares, asiste desde hace décadas a una transformación sostenida de sus condiciones económicas y sociales: transformación de las comunidades que tienen que ver con cambios en las formas de reproducción material que se asientan en estrategias económicas cada vez más individuales y de familia. En medio de eso, también es importante tomar en cuenta la emergencia de una importante capa social afín al discurso empresarial, cuyas ideas se diseminan por medio de redes sociales, con la visible aparición de una especie de “intelectualidad” indígena orgánica que abandera discursos anti estatales, pro empresariales, anti izquierda, y que estuvieron muy activos en la campaña contra el progresismo y la Conaie.


Aunque no se puede decir que hay una relación lineal entre las nuevas realidades económicas y sociales y el voto hacia la derecha, si es importante el contexto de mejores condiciones subjetivas para que cale el discurso del bloque derechista, con todo el peso de la difusión cultural, por medio de redes sociales a nivel mundial, que se produce en la actualidad.


3


Frente al avance del bloque de la derecha, el movimiento indígena y la RC ensayaron una alianza electoral para la segunda vuelta, con miras a lograr derrotar al candidato Noboa. A pesar de que existieron reuniones previas entre varios colectivos y organizaciones sociales, parece ser que la votación no expresó esas cercanías. En realidad, la alianza se produjo en un momento de desfase político muy notorio. Fue evidente que las bases sociales del movimiento indígena no estuvieron en total acuerdo con la alianza, más allá de los discursos dirigenciales. En primera vuelta, el apoyo recibido por el candidato de Pachakutik no se trasladó a la RC. Con una Conaie con fuertes disputas internas, entre un grupo liderado por el presidente y las diversas posiciones de otros líderes más antiguos, era previsible que dicha alianza fracase. En lugar de fortalecer una posición anti neoliberal, al parecer, y al menos en el movimiento indígena, fue a contracorriente.


Esto tiene que ver con las confrontaciones al interior de la Conaie y de estas con Pachakutik que se arrastran ya desde hace unos cinco años, pero que se han vuelto agudas en este último tiempo. El problema al interior de la Conaie es que luego de las elecciones los fraccionamientos no han hecho más que profundizarse, y no se ve en el corto plazo mayor posibilidad de re articulación interna.


Pero el problema no es simplemente un efecto de la alianza, tiene ya una profundidad de mayor alcance. Hace rato que la distancia entre cierto sector de las dirigencias y las bases sociales se ha ampliado, en medio de una crisis de proyecto político que ha dejado sin estrategia o dirección política concreta y creíble. En su lugar, lo que se ha vuelto visible es el uso de una retórica clasista –que puede gustar a cierta intelectualidad o militancia de izquierda– pero que lamentablemente no sintoniza con la realidad de las comunidades y poblaciones indígenas en general. Esto no significa que la recuperación de una posición de clase no sea necesaria, pero no basta con asumirla, es necesario conectarla con el sentir de la gente, en las condiciones materiales y subjetivas en las que se desarrolla la vida cotidiana de quienes conforman las bases sociales y organizativas del movimiento, de lo contrario se convierte en un discurso ajeno, poco audible. ¿Qué sentido le puede hacer a una buena parte de los sectores populares, cuyas experiencias cotidianas ya están enmarcadas por la ideología neoliberal, un discurso radicalizado, que no hace sentido con la realidad y los deseos de la gente? No se trata de abandonar los marcos políticos de clase. Pasa más bien por una falta de estrategia –o si se quiere de pedagogía política– que logre dotarle de otro marco de comprensión a la situación de crisis generalizada. Cosa que la derecha ha logrado hacerlo mejor.


Sumado ha esto, se piensa que el problema al interior del movimiento indígena –que bien se puede extender a otros movimientos populares– se soluciona por la vía punitiva, la expulsión de ciertas dirigencias que se han desviado de un proyecto político –que además en la actualidad está prácticamente olvidado–. El problema es que esas facciones dirigenciales son apenas el síntoma de lo que ocurre más abajo, son la expresión superficial de un movimiento ideológico político que ha empezado a hacer raíces en las profundidades de las bases sociales, pero que no se comprenden aún a cabalidad por las dirigencias de las organizaciones. Problemáticas que, obviamente, no se solucionarán con cacerías de brujas o con recurrir a divisiones tajantes en nombre de un discurso “clasista” radicalizado. El problema es más complejo que eso, y las soluciones no son inmediatas ni a corto plazo. Una política punitiva no hará más que profundizar las divisiones entre dirigencias y bases sociales, y a la larga pondrá en serio riesgo de implosión del movimiento indígena como movimiento social.


En este sentido, uno de los problemas de las izquierdas es que no han logrado construir o renovar un discurso y una práctica política articulada a la experiencia cotidiana de las personas, realidad que está visiblemente construida por elementos de un discurso empresarial, que dice todo el tiempo que la solución a la precariedad está en el esfuerzo individual, no en el Estado, no en la política, mucho menos en la distribución inequitativa de la riqueza, concentrada en pocas manos. A esto suma, la re emergencia de discursos conservadores racistas y clasistas que se han vuelto sentido común en un amplio sector de la sociedad.


Pero, es justamente éste el triunfo del bloque de derecha: borrar de la conciencia colectiva de las clases populares las raíces de su precariedad y reemplazarlo por el sesgo ideológico, paradójicamente apuntalado por el discurso del fin de las ideologías. Pero no es simple inoculación de un mecanismo ideológico. Pasa por una especie de sintonización con la realidad de las personas, donde ancla su fuerza. El bloque de derecha ha logrado dotarle a la crisis generalizada de la sociedad de una respuesta que tiene un sentido de futuro, de una esperanza (irreal), pero que frente al vacío de horizonte, sirve de ancla de salvación a algunos sectores populares.


Frente a eso, la tarea a corto plazo de las izquierdas, de sus organizaciones sociales, no pasa por una respuesta meramente ideológica. No es posible enfrentar el devenir ideológico de la derecha al interior de los sectores populares con “ideología de izquierda”, por que aquello es el efecto, no la causa, de fenómenos sociales más complicados, que han llevado poco a poco a la situación en la que se encuentran los sectores populares.


El momento actual requiere más que señalamientos de traiciones o desviaciones, una voluntad de escucha, de ir a las bases, no a indicar por donde deberían ir ideológicamente, sino a mirar qué realmente están viviendo, cómo es su experiencia cotidiana, y por qué la derecha logra sintonizarse con su situación. Se trata de comprender la complejidad de la situación, para poder luego delinear colectivamente tácticas y estrategias políticas que puedan revertir la situación. En este sentido, lo que hace falta es pensar, a partir de la realidad concreta, estrategias políticas de re construcción de la izquierda. No es un problema ideológico, ni de desviaciones, sino de cómo darle a las clases populares un horizonte de futuro.


El campo popular, el movimiento indígena y la RC, se enfrentan a un problema político serio, cosa que no se solucionará con discursos "radicales", sino con una política anclada a la realidad en la que la gente vive cotidianamente. La estrategia política pasa, quizá, por “volver a lo nuestro”, como dijo alguna vez un dirigente histórico de la Conaie. Y con eso se refería a ir a las bases a escuchar, reconstruir y replantear a partir de lo que hay. No desde un deber ser de izquierda, sino de lo que es posible dentro del contexto material y subjetivo actual. Una política radical –realmente marxista– no pasa por el voluntarismo de grupos ideologizados en todos los espectros de la izquierda, sino por saber conectar con el sentir de las clases populares, a partir de las cuales disputar los sentidos de futuro, de democracia, libertad y socialismo. Y por tanto de reconstruir un proyecto político de izquierda radical pero real


¿Cómo es posible construir una política radical desde el Estado, pero conectada y controlada por los sectores organizados de la sociedad? La respuesta, a riesgo de equivocación, parece haberla tenido como una débil señal, la del Estado plurinacional, planteado como construcción del poder y la democracia desde las clases populares.


4


Finalmente, hace falta también una lectura de la coyuntura de las izquierdas desde una perspectiva histórica de largo alcance. La crisis de sentido de un proyecto político de izquierda –en sus variadas propuestas, que incluyen las del movimiento indígena y de la RC– se debe comprender en el gran arco de la derrota continua de los horizontes de sentido construidos por el socialismo del siglo XX a nivel mundial. En América Latina, la arremetida neoliberal ha ido debilitando, traduciendo, orillando los sentidos comunes de la democracia, el Estado, la vida en sociedad y el socialismo, por medio de políticas económicas que han trastocado la experiencia de las personas y la sociedad.


En ese marco, las derrotas de los partidos y movimientos obreros en los ochenta marcan el inicio de la derrota. En los noventa, en medio del desprestigio mundial del socialismo y del marxismo, el movimiento indígena se enfrenta prácticamente solo al neoliberalismo, lo que marcó sus límites políticos y estratégicos.


La llegada del progresismo, en medio del debilitamiento del movimiento indígena y su debilidad electoral, significó una posibilidad de recomposición de la izquierda nacional y regional. Pero sus límites vinieron por la imposibilidad de conjugar movimientos sociales autónomos con política estatal anti neoliberal, la confrontación permanente del gobierno con organizaciones populares como la Conaie y de ciertos sindicatos de trabajadores también tienen efectos en la actualidad. Sumado a una falta de articulación de política económica con organización social que hubiera posibilitado quizá una construcción subjetiva más fuerte alrededor de los derechos y del papel del Estado social.


La arremetida actual de la derecha mundial, regional y nacional, se puede entender como el intento por poner punto final al horizonte del socialismo histórico, y como contundente respuesta al intento –en mayo o menor medida dependiendo de las experiencias de cada país– de retomar ese proyecto histórico por los progresismos y a la pervivencia de amplios movimientos sociales de izquierda a lo largo de América Latina, que de diversas formas han enfrentado a las clases dominantes de la región.


Queda en la coyuntura, saber por donde se decantará la activa arremetida de clase empresarial contra las clases populares. Pero como es bien sabido, el futuro no está determinado totalmente por la estructura política económica, siempre será importante la voluntad y la decisión que las clases populares puedan poner en la lucha por una sociedad mejor en las condiciones actuales.



Quito, julio de 2025

 
 
 

Comentarios


Kaypi killkaripay (suscribete aquí)

Yupaychani killkarishkamanta

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page